ITINERARIO ESPIRITUAL DE MADRE LE DIEU

No es fácil describir el camino interior de un alma. No es posible comprenderlo en profundidad de una sola vez, ya que siempre hay algo nuevo que expresar.

Cuando se trata de Victorine, la empresa es más ardua y compleja. Su camino es el de una mujer que, bajo muchos aspectos y en diversos sectores, se ha anticipado a los tiempos; es el camino de un ideal que todavía se debe descubrir en su plenitud, que hay que profundizar, que hay que vivir en un mundo desorientado que, como ya lo afirmaba ella en su tiempo, «tiene más que nunca necesidad de redención y reconciliación».

Para Victorine todo inicia desde una profunda vida de unión con Dios. A través de sus escritos descubrimos cómo la Palabra de Dios es para ella el alimento cotidiano.

«Es cierto que la Palabra de Dios nutre y consuela. Muchas veces le he dado gracias por habérmela hecho amar».

La Eucaristía es el centro de su vida; pasa largas horas en adoración, sólo profundizando en la vida eucarística podrá llegar a ser también ella eucaristía para los hermanos, pan partido que se ofrece para responder al hambre de la humanidad: hambre de Dios, hambre de libertad…, pero sobretodo se sentirá fuertemente cuestionada por el hambre de amor y de dignidad que sufren tantos hermanos marginados, disgregados, que no gozan de ningún respeto por parte de la sociedad.

Esta unión profunda con el Señor la conduce necesariamente hacia una experiencia de purificación, por medio del sacramento de la reconciliación, que recibe con frecuencia y hacia una ascesis que la lleva a vivir con alegría las penitencias, mortificaciones y sufrimientos de todo tipo…

Su obediencia al Padre es total… Su abandono es completo. Sigue constantemente la voluntad de Dios que se expresa por medio de la voz de la Iglesia y de los acontecimientos de la historia.

Su castidad no la encierra en si misma, sino que la lleva a liberarse de las cosas y de las personas para poder abrazar el mundo entero y sus necesidades.

¡Bien conocida es su pobreza! ¡Cuántas veces se encuentra sin nada, pero se entrega con confianza a la Providencia en un completo acto de abandono!

Si tuviéramos que indicar una virtud que caracterice a Victorine, esta es sin lugar a dudas la fe. Una fe que se funda en la esperanza y obra por medio de la caridad.

Por la fe Abraham, llamado por Dios, obedeció y salió de su tierra, hacia un lugar que más tarde el Señor le indicaría como su heredad.

Por la fe vivió en la tierra prometida como en una región extranjera, viviendo bajo las tiendas.

Por la fe también Sara, aunque en edad avanzada, tuvo la posibilidad de ser madre porque se fió del que se lo había prometido.

En la fe murieron todos ellos, a pesar de no haber conseguido los bienes prometidos, pero habiéndolos visto sólo de lejos y declarando ser extranjeros y peregrinos en esta tierra…” (Hb 11,8…)

En medio de todos estos acontecimientos, conserva siempre la paz, una paz inmensa que solamente puede venir de Dios. «Soy como Job» – escribe. Y también: “He aquí que he llegado al Calvario, despojada de todo, sólo me falta extenderme sobre la cruz».

En medio de todos estos acontecimientos, conserva siempre la paz, una paz inmensa que solamente puede venir de Dios. «Soy como Job» – escribe. Y también: “He aquí que he llegado al Calvario, despojada de todo, sólo me falta extenderme sobre la cruz».

Sin embargo para ella no hay nada dramático, todo lo vive con alegría, y en los momentos más duros exclama: «¡Qué gozo abandonarme en Dios para siempre! Con la paz, fuente de alegría del corazón, la vida nunca será turbada». “¡Cantemos tus alabanzas, Señor, en medio de tantas privaciones y deseos imposibles, porque tú lo ves todo!».

Su amor a la Virgen es grande, no se trata de una simple devoción reducida a unas cuantas fórmulas, sino de un repetir lo que María ha hecho. Su devoción mariana es una devoción bíblica, encarnada. Ella medita sobre la actitud de María, hace suyo el FIAT de la anunciación el cual marca toda su existencia.

Su experiencia carismática la lleva a una profunda escucha de los signos de los tiempos…

La voz interior se hace cada vez más apremiante: es la llamada a reparar.

Reparar, reconciliar, ayudar al hombre dividido en sí mismo, con Dios, con la sociedad, a encontrar la unidad; colaborar en la obra de Cristo Redentor que ha venido al mundo para que la creación vuelva a su vocación original en la unidad de la Trinidad.

Por la fe María acogió la invitación del ángel para ser madre de Dios.

Por la fe vivió la encarnación en la gruta de Belén, la huida a Egipto, el encuentro de Jesús en el templo, su muerte en la cruz.

Por la fe Victorine, llamada por Dios, inició un largo camino sin saber donde la habría llevado.

Por la fe transcurrió su vida sin una morada fija.

Por la fe aceptó contrariedades y sufrimientos de todo tipo.

Quiere comprometer a un gran número de personas de toda condición social que pongan a Cristo como centro de su vida y colaboren en la misión de redención y de reconciliación.

Desea que en el universo entero sea constantemente conmemorado el memorial de la muerte y resurrección del Señor. Aspira a que el mundo entero sea Eucaristía.

En un primer momento se siente impulsada a fundar una familia religiosa enteramente dedicada a la adoración reparadora y al culto litúrgico, pero cuando el Papa le pide que se dedique a las obras de misericordia en el mundo, ella encarna su misión bajo un doble aspecto:
contemplación, a través de la adoración y del culto litúrgico;
dedicación hacia todos aquellos que, según los tiempos y los lugares, tienen necesidad de ser reconciliados consigo mismos, con Dios, con los hermanos.

En ella se da un doble movimiento:

– recibe todo de la Eucaristía y dona todo con gestos concretos de amor;

– después, unida a Cristo, ofrece en la Eucaristía la humanidad entera para que sea, con la fuerza del Espíritu, restaurada en la unidad de la Trinidad.

Siempre fiel al proyecto de Dios, ella señala claramente las obras que considera prioritarias y los ideales que tendrán que vivir las personas que la seguirán: infancia abandonada, casas de oración, casas de acogida.

Las metas apostólicas de Victorine eran en aquel tiempo verdaderos desafíos proféticos, y luchará hasta el final con una vida coherente para poder realizar su ideal. Quiere vivirlo de verdad y pedirá que hagan lo mismo todas aquellas personas que, tras sus huellas, decidirán cooperar en el mundo con la obra de Cristo Redentor.

Está abierta a toda situación de sufrimiento que desfigure el rostro de Cristo presente en los hermanos.

Su mensaje continúa siendo actual y nos cuestiona con fuerza para que sigamos su ejemplo, viviendo esta triple fidelidad: a la Palabra, a la Iglesia, al mundo.

Tomando como punto de partida su experiencia carismática podremos recorrer nuevos caminos hacia la civilización del amor porque como nos recuerda Victorine:

«Sólo cuando tengamos el corazón fuertemente anclado en Dios podremos inclinarnos sobre el abismo del mal para ayudar a los otros a salir de él».

Por la fe, a pesar de la edad avanzada, dio vida a una familia religiosa y fue madre de muchos niños abandonados.

Por la fe murió, cuando apenas había visto reconocida su obra.

Por la fe vivió todo en la paz y en el gozo.

¡Sí, realmente su fe ha sido grande! Una fe que se apoya en la fidelidad a Dios.