ROSTROS DE LUZ

SOR AMBROSINA DE SAN CARLOS

Más que las palabras son los santos los que nos ayudan a lo largo del camino de la vida cristiana: todos manifiestan el misterio de Dios encarnado, pero cada uno lo hace viviendo una dimensión específica. Lo vemos en la figura de la Sierva de Dios Sor Anbrosina de San Carlos (Filomena D´Urso), nacida en Maránola, el día 1 de enero de 1909. Allí pasó los años de su juventud en un contexto social, eclesial y familiar muy sencillo, lleno de fe cristiana. Pasaba sus días realizando trabajos agrícolas, al límite de la resistencia humana.

Pero es precisamente ahí que nace su vocación a la vida religiosa y –se puede decir- a la santidad. Una vocación contrarrestada por el padre, pero llevada a término también gracias a pequeños acontecimientos prodigiosos que desde la infancia han acompañado los pasos de la joven.En febrero de 1928 dejó su tierra natal para entrar en la congregación de Jesús Redentor. Pasó los primeros años de la formación en Roma y después en Perugia. Su alma se abría día tras día al don irrevocable de todo su ser en espíritu de reparación y de reconciliación propio del carisma de la fundadora, Victorine e Dieu. Ella desarrolla la dimensión mística.

A principios del 1930 Sor Ambrosina fue trasladada a la casa de Varlungo en la periferia de Florencia, donde las religiosas acogían a niños necesitados. Es precisamente en esta misión donde ella tiene que medirse con los límites de su salud. Fueron dieciocho años marcados por el sufrimiento. Su salud se iba deteriorando y ella parecía destinada a trabajar con Jesús Redentor por la salvación del mundo a través del misterio del dolor. Como dice San Pablo: completando en su carne lo que falta a la pasión de Cristo a favor de su cuerpo que es la Iglesia. (Col 1,24).

Pero el sufrimiento en sí no basta: Son la obediencia y el amor los que dan el verdadero rostro a la Cruz. Precisamente en aquel sufrimiento de Jesús, Sor Ambrosina descubría el amor gratuito y, para entrar en el “misterio de la reconciliación”, acogía a su vez el sufrimiento para la gloria de Dios y la salvación de los hermanos. En aquel amor encontró todo: la fuerza para sobrellavar la enfermedad, la incompresión y la soledad; la energía para consolar a los que recurrían a ella; la alegría para cumplir siempre la voluntad de Dios.Se abandonaba con serenidad a la entrega total de sí, a la reparación, al sueño de llegar a ser una “gran santa”. Se sentía ella misma como una pequeña hostia en la Hostia grande que adoraba en el altar. Ella tuvo fenómenos místicos relativos al misterio eucarístico.

El año 1948 marcó para Sor Ambrosina la fase final de su existencia, que tenía que terminar con sólo 45 años, el 26 de marzo de 1954. En la primavera de 1948, la enfermería y el coro que estaba al lado fueron el lugar de su ofrecimiento y del cumplimiento de su silenciosa misión: víctima reparadora para el triunfo del Corazón Eucarístico de Jesús.Sus restos mortales fueron trasladados desde el cementerio de Florencia a Maránola y el día 1 de octubre de 2006 puestos en una urna en la iglesia de la Anunciación. Y ahora, desde su tierra, Sor Ambrosina irradia la invitación a una santidad humilde: “fuerte como el amor”, pero posible para todos.