VIDA DE VICTORINE

Desciende de una noble familia: Su madre María Teresa de Cantilly, pertenece a la nobleza de aquel tiempo, su padre, Félix Le Dieu, era funcionario de la administración pública.

Su infancia transcurre serena y feliz con sus hermanos Augusto y Eduardo, con quien comparte el cariño y los juegos de la infancia.

La profesión del padre obliga a la familia Le Dieu a trasladarse de un lugar a otro. Esto favorece los contactos y las relaciones humanas de Victorine.

A los doce años, al recibir la primera Comunión, siente el deseo de pertenecer sólo a Cristo. Este impulso interior crece con el pasar del tiempo y se hace cada vez más profundo. ¿Qué hacer ante el dolor, ante las miserias humanas de una sociedad materialista e injusta? Estos interrogantes aumentan en ella la necesidad de consagrar su vida al silencio y a la oración. Pero si esta era su voluntad, muy diversa era la de sus padres, que después de haberla dado unos estudios y una buena posición social, no se hacían a la idea de verla encerrada en un monasterio.

En 1830 Victorine tiene 21 años. En Francia el pueblo está llevando a cabo una nueva revolución y se cometen sacrílegos atentados contra las iglesias. Un corazón sensible no puede permanecer indiferente ante esta situación. Victorine siente la necesidad de una inmensa reparación.

Desde este momento Victorine, siguiendo el ejemplo de San Pablo, quiere «hacerse todo a todos para conquistar todos a Cristo». «Gloria a Dios sólo» es su lema, «hágase su voluntad» es el estribillo que repite con frecuencia desde lo más profundo de su corazón.

Partir es su firme decisión, pero innumerables obstáculos le impiden realizar su propósito. Sus padres se oponen abiertamente a sus planes y la muerte de su hermano Eduardo, ocurrida en diciembre de 1830, la obliga a esperar hasta que el dolor de la familia se aplaque.

No obstante estaba decidida a seguir a Jesús a costa de lo que fuera, y pasado algún tiempo, deja su casa sin el consentimiento y la bendición paterna y pasa el umbral de una casa religiosa de las Agustinas. Pero el señor Le Dieu escribe varias cartas a las autoridades amenazando a la Congregación que ha acogido a su hija; las religiosas atemorizadas, mandan a Victorine a casa y no quieren saber nada de ella.

Ya no le queda otra alternativa que la fuga y el ingreso en otra casa religiosa, donde recibe el hábito después de seis meses. Pero los muchos disgustos, la ausencia de su familia el día de la vestición religiosa, el estrés por la muchas contrariedades, llegan a dañar su salud hasta llevarla a las puertas de la muerte. El padre, cuando tiene conocimiento de esto, le envía su bendición por medio de la madre, asegurándole que la deja libre en su elección.

Victorine recobra la salud y permanece tres meses en el convento, hasta que la muerte repentina de su madre la obliga a volver a casa para atender a su familia. Primero tiene que cuidar a su abuela, luego a un tío ateo y finalmente a su hermano más pequeño, que después de una vida algo desordenada consigue acercarse a Dios.

La salud delicada del padre hace que viajen con frecuencia al sur de Francia. El cansancio, el clima, las contradicciones influyen negativamente sobre ella. Después de una larga enfermedad, va en peregrinación al santuario de la Virgen de la Salette y a lo largo del camino desaparecen los síntomas de la enfermedad. A los pies de la Virgen que llora encuentra luz y fuerza.

Nuestra Señora de la Salette la confirma en su ideal de reconciliación. Pasando por Ars encuentra al Santo Cura: Juan María Vianney y Victorine entran en sintonía espiritual. El Santo le asegura que «la obra será bendecida más de cuanto se pueda imaginar».

El 1860 será un año decisivo para Victorine. Muere el padre y ella queda libre para consagrarse totalmente al Señor. Tiene 51 años, no es joven, pero conserva el entusiasmo de cuando tenía 20, acrecentado por la madurez conseguida. La larga espera, las innumerables pruebas no han apagado la llamada del Señor: reparar, reconciliar a los hombres con Dios, restaurar la unidad en el amor, servir a los hermanos con humildad, sobre todo a aquellos disgregados por el pecado, por la marginación, por la pobreza… estos son los grandes valores por los que entrega toda su existencia.

Este carisma, este don específico que Dios le ha hecho tiene necesariamente que compartirlo y vivirlo con otras personas. Inicia así la familia religiosa reparadora: las Religiosas de Jesús Redentor.

Para obtener la aprobación y conocer mejor la voluntad de Dios, Victorine va a Roma. Es el 15 de Enero de 1863, día memorable en el que surge la Obra Reparadora.

El Papa lee con mucha atención la solicitud presentada por Victorine y firma la aprobación.

Vuelve a Francia y en 1864 se unen a ella algunas jóvenes.  Se forma así la primera comunidad e inicia la vida religiosa. El 19 de Marzo de 1866 Victorine se consagra oficialmente a Dios con los votos de castidad, pobreza y obediencia; a estos añade un cuarto voto de fidelidad a la cátedra de San Pedro. Toma el nombre de Sor María José de Jesús.

Desde Avranches, donde había iniciado la adoración eucarística, la pequeña comunidad llena de entusiasmo se traslada al Monte San Miguel para abrir una casa a los pies de la Abadía, donde instituye la adoración y acoge a niños pobres y abandonados.

Después de muchas dificultades y sufrimientos, a los 72 años, Sor María José de Jesús, la pudiente y adinerada Victorine de un tiempo, se encuentra una vez más sola y sin recursos, y sin embargo tiene la fuerza de escribir: «Mi corazón tiene un solo deseo: quiero vivir y morir al servicio de Dios»… «A medida que pasa el tiempo, más aumenta en mi la convicción de que esta obra triunfará sobre los enemigos que ahora la combaten»… «Dios quiere que me abandone en Él y yo siento su mano paterna que sostiene mi corazón».

El 31 de Mayo de 1881 Victorine deja Francia para siempre y se traslada a Roma; después de una vida tan dura siente la esperanza de que aquí podrá continuar su obra. Abren una casa y… llegan los niños, también llegan jóvenes llenas de entusiasmo dispuestas a trabajar.

Se encuentra en Roma cuando el 26 de Octubre de 1884 deja este mundo para continuar la adoración perpetua en el cielo.